Educación y proyecto vital en un mundo en colapso civilizatorio. Parte II


Education and life project amidst civilisation collapse. Part II
Leonardo Viniegra Velázqueza

a Unidad de Investigación en Medicina Basada en Evidencias, Hospital Infantil de México Federico Gómez, Ciudad de México D.F., México

Recibido el 23 de noviembre de 2015; aceptado el 6 de enero de 2016

Palabras Clave

Proyecto vital, Educación, Dignidad, Colapso civilizatorio, Individualismo, Pasividad.

Keywords

Life project, Education, Dignity, Civilisation collapse, Individualism, Passivity.

Resumen

Esta parte II está dedicada al proyecto vital entendido como apreciación de la propia experiencia, que orienta y articula nuestras decisiones, acciones y emprendimientos en la consecución de logros y el cumplimiento de propósitos vitales, el cual suele tener en nuestro tiempo un carácter tácito, desdibujado e individualista fomentado por la educación pasiva, que es sintónico con la degradación extrema y la quiebra civilizatoria en curso.

Se argumenta cómo la educación participativa al dotar al sentido de la vida de poderosos motivos cognitivos: el conocimiento del sí mismo y del contexto, permite a la experiencia vital de los educandos profundizarlo y concienciar la catástrofe civilizatoria y sus raíces, para actuar en consecuencia al asumir proyectos vitales altruistas basados en la lucha por la dignidad propia y ajena, como eje articulador de las prioridades de vida.

El proyecto vital que se propone es una aventura cognitiva suscitada por la educación participativa e influencias análogas, capaz de trascender el individualismo, el consumismo y la pasividad que son los mayores obstáculos en la búsqueda del progreso genuino y de otro mundo posible, donde tenga viabilidad la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana. Tales proyectos suponen un eje rector: la lucha sin término por la dignidad sublimada; una necesidad primaria: vincularse con otras subjetividades afines en la búsqueda de sinergias a contrapelo del orden imperante; una aspiración indeclinable: sociedades incluyentes, pluralistas, deliberativas, igualitarias, justas, solidarias y cuidadosas del ecosistema planetario.


Abstract

Part II is dedicated to the understanding of the life project as an assessment of our own life experiences to guide our decisions, actions and pursuits to the achievement of our goals, which in our current day and age have a tacit and individualistic nature, fostered by passive education, which is in tune with the ongoing civilization rupture.

Participatory education is proposed as the model that provides powerful cognitive motives to the meaning of life, the most important of which is the knowledge of oneself and his or her own context, allowing learners to delve into and acknowledge the civilization catastrophe and to retaliate by taking on altruistic life projects, based on the quest for self and others’ dignity, as the main concern of life's priorities.

The proposed life project is a cognitive adventure, a product of participatory education and other similar influences, capable of transcending consumerism, individualism and passivity, the biggest obstacles to the creation of another world were the spiritual, intellectual and moral overcoming of the human condition can be viable. The life project entails three things. 1) A guiding principle: The everlasting struggle for sublimated dignity. 2) A primary need: to link oneself with like-minded people that synergise against the current, imperative order. 3) An unavoidable purpose: the creation of pluralistic, inclusive, deliberative and supportive societies, able to care for the planetary ecosystem.



Artículo


Introducción

Al inicio de la primera parte, condensé el momento actual de la historia humana como el agotamiento y la ruina de una civilización basada en el lucro sin límites; destacaba cómo las sociedades organizadas habían sido incapaces de detener esa degradación omnímoda en la que nos encontramos. En la búsqueda de respuestas a esa pasividad permisiva identifiqué dos procesos decisivos en la conformación de las subjetividades: la experiencia educativa y la derivada de llevar a efecto un proyecto vital. La primera parte la dediqué a la educación, caracterizando primeramente la educación pasiva (EPS) raíz de la pasividad, del individualismo y del conformismo social ante el orden imperante que nos precipita a una degradación extrema, contrastándola con la participativa (EPR), simiente de otra subjetividad hacia un mundo hospitalario e incluyente donde florezca la dignidad revalorizada. Ahora voy a discurrir sobre el proyecto vital.

El proyecto vital

En principio, todo el mundo es portador de un proyecto vital aunque, en muchos casos, permanezca fuera de la conciencia y diluido. Entiendo el proyecto vital como perspectiva de apreciación de la propia experiencia, que orienta y articula nuestras decisiones, acciones y emprendimientos en la consecución de ciertos logros y el cumplimiento de propósitos significativos de vida; tal perspectiva suele encontrarse desdibujada en el imaginario, la reflexión y el actuar de los humanos en nuestro tiempo, circunstancia que amerita esclarecimiento. Identifico dos tipos de explicaciones al respecto, extrínsecas e intrínsecas.

Dentro de las primeras, la más ostensible es quizá, la vorágine de acontecimientos que en una sucesión vertiginosa y abrumadora, trastoca las formas de mirar, entender, valorar, actuar o vincularse de las colectividades y nulifica, de la noche a la mañana, expectativas vitales que privan de sentido la vida de personas y comunidades; así, la inestabilidad y fugacidad de las condiciones, circunstancias y situaciones de vida a escala global, que enmarcan la quiebra civilizatoria en curso, suscitan desasosiego, incertidumbre, confusión y premura en los perjudicados –casi todos– impidiéndoles tomar distancia de los sucesos para concienciarlos, reflexionarlos, buscar su esclarecimiento y actuar en consecuencia. Esta situación histórica de apremio perpetuo es el terreno abonado para que se generalicen proyectos vitales tácitos, irreflexivos, fragmentarios, veleidosos y de corto plazo, que no permiten a la gente darse cuenta, resistir o sobreponerse al torbellino de la degradación. Cabe agregar que mientras más tempranas sean esas influencias, más profundamente inciden en los proyectos vitales, acentuándose la constricción de sus posibilidades y alcances, el empobrecimiento de sus propósitos y el ensombrecimiento de sus miras.

Es en lo intrínseco, a temprana edad, donde se van gestando proyectos vitales como vislumbres del fuero interno de los humanos en ciernes; su germen es lo que designo como el sentido de la vida que se refiere a las razones profundas e íntimas donde se genera el anhelo de vivir de cierto modo y la motivación para actuar en consecuencia. Algunos ejemplos: formar una familia, personas entrañables, pasión por el conocimiento, satisfacción laboral, persecución de metas, profesar una religión, luchar por determinados ideales y valores o apoyar a los que necesitan. Estas razones y otras más son las que subyacen en la vida adulta a la fortaleza admirable y conmovedora de ciertas personas para sobreponerse a lo adverso, perseverar en «lo imposible», realizar «lo inalcanzable» o superar «lo insalvable», que son reveladores de proyectos vitales «vigorosos» indoblegables por lo que se vive como inexorable.

En los tiempos que corren, con el predominio abrumador de la EPS que apuntala el individualismo como «filosofía de vida» con su correlato: «cada quien lo suyo» y «sálvese quien pueda», y la pasividad como actitud social predominante: «conformarse con lo que nos toca o reaccionar hasta que la situación sea insoportable», el sentido de la vida que tiende a desaparecer de la introspección reflexiva de las personas entraña razones y propósitos circunscritos al círculo cercano, disociados de los intereses, anhelos y desdichas de las comunidades de pertenencia, e indiferentes a los de otros pueblos de regiones o culturas distantes (en último término a los de la humanidad). Bajo la pasividad y el individualismo el sentido de la vida suele girar en torno a los vínculos y compromisos familiares, lo que lleva implícito proyectos vitales tácitos correlativos que buscan, por ejemplo, la autosuficiencia, un trabajo remunerativo y seguro, disponer de opciones recreativas o preservar la salud, cuya realización es cada vez más inaccesible para la mayoría de la población.

En marcado contraste con el sentido de la vida individualista y proyectos vitales caracterizados por su inconsistencia y liviandad, cito una máxima de Bertrand Russell relativa a lo que consideraba el meollo de la vejez: «…pienso que la vejez es una buena edad para luchar por el decoro humano…como cualquier otra»1, reveladora del proyecto vital de este agudo pensador y militante infatigable que consideraba la lucha por la dignidad humana en todos los frentes posibles, lo prioritario de la existencia en cualquier edad. Esta máxima contrapuesta al individualismo revela formas de pensar y de actuar de una conciencia esclarecida de la realidad del mundo de su tiempo y de las raíces de los problemas humanos, orientadas a la defensa y superación de la dignidad como punto de llegada en la búsqueda de este filósofo consagrado al conocimiento que iluminó su época o sea, de un conocedor profundo de «la naturaleza humana». También, de esta sentencia y de su biografía, podemos inferir el sentido de la vida para este personaje deliberativo: la búsqueda apasionada del conocimiento, donde captó la interdependencia de todas las subjetividades en la consecución de un mundo mejor, reconoció a la dignidad como lo más elevado y universal de los valores implicados en la superación de la condición humana y se afanó por su preservación como la razón principal de su vida. El caso de B. Russell ilustra nítidamente la estrecha interrelación que existe entre el sentido de la vida y el proyecto vital, y delinea una idea de progreso humano no sustentado en lo material aunque lo suponga, sino en lo espiritual y lo moral.

El sentido de la vida y la experiencia vital

El sentido de la vida, lo que hace que nuestra existencia sea digna de ser vivida, nos gratifique, nos satisfaga y nos estimule a continuar, nos infunda temple para actuar y sobreponernos a lo desfavorable, es una construcción propia del sujeto resultante del tipo y formas de interacción con las personas y cosas diversas de sus ambientes experienciales (familiar, escolar, laboral, social). En la gran mayoría este sentido es tácito e irreflexivo (educación pasiva) y, por lo mismo, alejado de la introspección, de las consideraciones y reconsideraciones. Desde su origen el sentido de la vida se configura por las vivencias primigenias y peculiares de cada quien al ir incursionando en diferentes espacios, aunque el más influyente suele ser el seno familiar. Para penetrar en el cómo las vivencias cotidianas influyen en las formas de ser y de apreciar la vida que derivan en el sentido de la vida de cada quien, es necesario distinguir en principio, dentro de los innumerables y diversos momentos de la existencia, aquellos donde las vivencias al interactuar con ciertos objetos son intensas, «cargadas» de significado afectivo (positivo o negativo), que dejan huella en el individuo que las experimenta y denotan la cualidad de los vínculos que se entablan con tales objetos.a A ese conjunto de vivencias lo designo como experiencia vital (EV) referida en la primera parte, que ahora requiere mayores especificaciones2. Cada ser humano, por su singularidad, interactúa con los objetos del medioambiente de manera peculiar y entabla vínculos que le resultan significativos; al tratarse de interacciones, existe una influencia recíproca entre el sujeto y el objeto; es decir, desde el sujeto este se constituye como tal por el tipo de interacciones que realiza y la cualidad de los vínculos que surgen, modificando al sujeto y a los objetos de interacción.

La adquisición temprana de la conciencia del sí mismo y de la otredad es determinante en los modos de interacción y en las cualidades de los vínculos con los objetos significativos porque hacen su aparición los vínculos con un objeto singularmente significativo: uno mismo, los cuales tendrán una influencia decisiva en los que se entablen ulteriormente con los demás objetos revestidos de intensa afectividad3. Es así que el núcleo de la EV, en contra de lo que pudiera pensarse, son los vínculos con uno mismo en su multiplicidad de sentimientos y valoraciones favorables y desfavorables, origen de los conflictos primarios que son con uno mismo (todo esto suele permanecer fuera de la conciencia)4. La forma en que cada quien se percibe y valora, en sus diferentes características y aspectos, es el resultado del tipo y cualidad de las primeras vivencias intensas experimentadas al interactuar en el medio familiar y social, que generan sensaciones (con diversas cualidades y muchos matices) de aceptación o rechazo, de reconocimiento o descalificación, de elogio o vituperio, de aprecio o menosprecio, de acogida o desapego, de satisfacción o frustración, de seguridad o inseguridad. Este tipo de sensaciones que son resultantes de la imposición a los pequeños de modelos y patrones culturales (socialmente dominantes o preferencias familiares) acerca de lo bueno, lo deseable, lo valioso, lo correcto o lo bello, moldean los vínculos con el sí mismo que son principalmente de índole valorativa y de naturaleza conflictiva por las diferentes combinaciones de lo apreciable y despreciable, de lo deseable e indeseable autopercibidos, concernientes a la propia personalidad y corporeidad en sus distintos aspectos o ámbitos de manifestación: espiritual, intelectual, moral, sentimental, estético, lo relacionado con la sensualidad y a los gustos, lo actitudinal, las habilidades o lo relativo a la sexualidad y al erotismo5.

Es precisamente la característica de los vínculos conflictivos con uno mismo de escapar a la conciencia, lo que permite su desplazamiento a los objetos exteriores; así, la EV es una constelación única y cambiante de vivencias con significado afectivo intenso, que derivan del entramado cambiante de vínculos con los objetos significativos (materiales y simbólicos) propio de cada quien, que dan forma y actualizan: nuestros amores y desamores, inclinaciones y aversiones, apetencias y rechazos, satisfacciones y frustraciones, confianzas y desconfianzas, gustos y disgustos, extrañeza, temor, culpa, interés, preocupación6. Además, esa exclusión de la conciencia explica por qué suelen tener una influencia decisiva en la cualidad positiva o negativa de los vínculos que se entablan con los diferentes objetos (se ignora que son proyecciones de los propios conflictos); como tendencia general, deseamos, apreciamos, tenemos propensión, preferimos, aceptamos o disfrutamos objetos que encarnan o significan un valor elevado y deseado de acuerdo con nuestra escala interna, o bien que compensan lo que reconocemos como una carencia propia o que despreciamos (desvalorizamos) de nosotros mismos. En sentido inverso, desestimamos, repudiamos, rechazamos o sufrimos aquellos objetos que encarnan y nos confrontan con lo que menospreciamos y desvalorizamos en nuestro fuero interno o de nosotros mismos, o que nos exhiben en lo que percibimos como carencias y limitaciones propias que ocultamos.

Se comprende con esto, que existe una gran variabilidad potencial en la apreciación del sentido de la vida ya que deriva de la EV privativa de cada quien; sin embargo, en presencia de atmósferas propias de la EPS, impregnadas de individualismo y pasividad, donde la EV no es motivo de reflexión e indagación, puede entenderse que esa variabilidad se da, con mucho, dentro de variantes que son propias del individualismo que representa la forma de ser más generalizada en nuestro tiempo. Correlativamente, son exiguas las variantes correspondientes con el altruismo en tanto que interés genuino y prioritario por los demás, manifestado en el compromiso social por los oprimidos, los excluidos o los desvalidos, que deriva en la conformación de organizaciones empeñadas en reivindicar y defender los derechos de los desfavorecidos ancestralmente ignorados o quebrantados. También podrá entenderse por qué los proyectos vitales son casi siempre tácitos y rara vez trascienden los afectos significativos más próximos, por lo que suelen desentenderse de lo que ocurre más allá de los confines de EV acostumbradas a reflexionar y actuar ante lo cercano, inmediato y perentorio, sin percatarse que los acontecimientos que subvierten el orden establecido o sacuden la conciencia colectiva no son asuntos ajenos, sino reveladores de la resistencia y rebeldía de los grupos humanos a los designios del poder al servicio del lucro que a todos nos degrada, o de los efectos exacerbados de la quiebra civilizatoria en curso que a todos nos arrastra.

El sentido de la vida y el proyecto vital que se infieren de las formas de actuar en el mundo, tienen su simiente en las características de la EV temprana, regida por las formas de relación con el sí mismo, que suponen autovaloraciones e implican grados variables de aceptación y de rechazo de diferentes aspectos de la personalidad y de la corporeidad, de donde derivan las características de la autoestima y la autoafirmación de cada quien. De las características de ambas dependen, en buena medida, los modos de interacción con los objetos significativos en los distintos ambientes experienciales y, en etapas ulteriores de la vida, suelen ser decisivas en la mayor o menor fortaleza motivacional y confianza para sobreponerse a los malos tiempos, para perseverar en los propósitos o en la búsqueda de realización a pesar de los infaltables obstáculos. Un aspecto crucial de nuestra cultura, es que la EV permanece subyacente a la conciencia, ignorada como objeto de conocimiento para el propio sujeto, en virtud de que la EPS la deja de lado. Esto significa que lo que tiene más significado afectivo y es la verdadera puerta de acceso al entendimiento del sí mismo y del mundo, no es un motivo de curiosidad e indagación promovidas por la escuela. Se comprende con tales situaciones que el sentido de la vida y el proyecto vital permanezcan desdibujados, empobrecidos, acotados, soslayados y hasta inconscientes, al no ser un motivo prominente de reflexión, de diálogo, discusión y debate para la enorme mayoría de la población. Esta omisión culturalmente determinada opera como el más poderoso mecanismo de control de las conciencias que las hace dependientes de un conocimiento heterónomo, vulnerables a la manipulación; también es favorecedor del individualismo como filosofía de vida y de la pasividad como actitud social predominante ante los efectos de la dominación y los abusos del poder, y con respecto a las influencias y modas del momento. En tanto la propia EV permanezca en la oscuridad cognitiva, la pasión por el conocimiento no podrá inspirar el sentido de la vida de las colectividades y difícilmente surgirán proyectos vitales altruistas centrados en la lucha por la dignidad.

El papel de la escuela

La experiencia escolar solía ser más influyente conforme crecíamos; sin embargo, por la debilidad intrínseca de la EPS para suscitar entusiasmo en los alumnos, esa influencia va languideciendo y es relevada progresivamente por las tecnologías de la información y comunicación (TIC), que van tomando protagonismo en la (de)formación de niños y jóvenes, al seducirlos con efectos especiales deslumbrantes de gran significado por «el estatus y la omnipotencia» que supuestamente confieren, al brindarles acceso a juegos adictivos donde dan rienda suelta a fantasías e impulsos reprimidos (evasión, agresividad) y posibilidades ilimitadas para comunicarse, recibir, difundir y estar al tanto de casi todo. En esto radica la gran ventaja de las TIC al rivalizar con la escuela que lejos de entusiasmar, constriñe e impone. Mención especial ameritan los multimedia digitales con su profusión de imágenes espectaculares que van diluyendo, minimizando o suplantando los mensajes y comunicados escritos, transformando gradualmente al homo sapiens que es producto de la cultura escrita, en un homo videns para el cual la palabra ha sido destronada por la imagen y, con ello, la primacía de lo visible sobre lo inteligible7.

Así, las TIC al cautivar a los usuarios los aísla y secuestra de la convivencia, los convierte en analfabetos conceptuales, en consumidores compulsivos y dependientes de imágenes dentro de su soledad virtual, los abruma con mensajes simplificados, triviales o manipuladores que les impide distinguir contenidos relevantes, rigurosos, valiosos y esclarecedores en el ruido ensordecedor de información profusa, inconexa, distractora y contradictoria, que genera estados reactivos y fugaces de exaltación, impotencia, perplejidad, confusión y desconcierto en los compulsivos consumidores que se convierten, así, en víctimas propiciatorias del control de las conciencias con pasmosa facilidad. Estas tecnologías van cimentando el perfil de los futuros ciudadanos cada vez más sordos a la cultura escrita, que ignoran la riqueza infinita, las sutilezas y los alcances del discurso; desprovistos de las armas de la crítica, portadores de perspectivas ilusorias, fantasiosas, contradictorias, superficiales y reduccionistas de sí mismos y de los acontecimientos; sin dejar de reconocer el surgimiento de grupos y organizaciones deliberativas que representan contratendencias a este derrotero alienante que es sintónico –por omiso– con la degradación galopante.

Esta penetración de la tecnología en la vida cotidiana de la gente, al grado de que la va conformando a su imagen y semejanza, convirtiéndola en ávida operadora y dócil apéndice de las «omnipotentes máquinas», que tiende a debilitar y desplazar los vínculos intersubjetivos entrañables y genuinos de su centralidad en la EV, suplantándolos por otros artificiales y virtuales, no se explicaría sin la decisiva contribución de la EPS que promueve el consumo de información disociada de la EV de los educandos, que los «vacuna» contra el conocimiento percibido por ellos como la retención y sistematización de información carente de sentido proveniente de las materias del currículo, que solo por excepción responden a sus preocupaciones, inquietudes, curiosidades o intereses. Todo este sin sentido impide que la pasión por conocer sea un componente prominente del sentido de la vida de las personas y, menos aún, del andamiaje de sus proyectos vitales; es decir, la EPS que está en gran medida impedida para concitar el interés genuino y el entusiasmo de los educandos por el conocimiento, que fomenta la competencia, el individualismo y el asentimiento tácito, que discrimina, menosprecia o excluye a los que experimentan como insoportables sus exigencias, favorece la evasión por parte de los damnificados de la escuela, en la búsqueda de satisfacciones instantáneas que les provee, por ejemplo, la tecnología cautivante y las drogas, y de la fuga hacia otros mundos idealizados corriendo graves riesgos.

La idea de progreso social

Antes de seguir cabe detenerse en la idea de progreso que está implícita en las consideraciones precedentes, la que prevalece en nuestro tiempo equipara el progreso con el del conocimiento que sustenta el desarrollo incesante de tecnologías8. Al respecto se afirma que la solución de los problemas que padecemos como humanidad está al alcance del desarrollo tecnológico y solo es cuestión de tiempo para contar con la tecnología apropiada para superarlos (la raíz política de los problemas es cuidadosamente ocultada y silenciada). Esta idea es inherente al discurso oficial que nos «dora la píldora» presentándonos el colapso civilizatorio como fase obligada y dolorosa de nuestro camino ascendente hacia el progreso (material), representado por el desarrollo de tecnologías cada vez más poderosas para enfrentar con «éxito» los problemas de toda índole que nos aquejan. Tal idea que asimila el progreso con la posesión, disponibilidad y renovación incesante de bienes tecnológicos que resultan inalcanzables para la gran mayoría, tiene poco que ver con la dignidad de las personas, más bien va en dirección opuesta ya que dista de representar o contribuir a la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana. A pesar de lo anterior, los medios de persuasión masiva se encargan de alentar el tecnofetichismo y convertirlo en una especie de religión dominante que congrega a sus feligreses más por privación que por posesión de sus favores9.

En la valoración de la tecnología en nuestras vidas es clave no perder de vista que la innovación tecnológica obedece, muy por encima de otras razones, a los intereses de lucro sin límites y los requerimientos del sistema de dominación a su servicio, para lo cual las empresas dominantes controlan el mercado en su beneficio, lo que significa el dominio de las conciencias de los inermes consumidores al inducir necesidades ficticias sentidas como imprescindibles, provocar ilusiones vanas o sembrar falacias que convierten el consumismo en un componente prominente del sentido de la vida de la borregada con poder adquisitivo o dispuesta a endeudarse por tan preciada posesión. Otro aspecto es que el progreso tecnológico que supuestamente nos facilita cada vez más la vida, nos permite lograr lo otrora imposible y contar con mayor tiempo disponible para lo que más nos agrada o satisface, bajo su fisonomía actual contribuye decisivamente a la degradación que nos arrastra, lo que suele escapar a la conciencia, veamos: en el centro de los desarrollos tecnológicos de vanguardia y mayor envergadura se encuentra lo militar, lo espacial y lo informático, que conforman los poderosos mecanismos disuasorios, intimidantes y de fiscalización por su gran potencial destructivo y de penetración en los resquicios de las actividades cotidianas, necesarios para mantener la hegemonía planetaria o disputarla, para controlar o sojuzgar a los estados o poblaciones disidentes o rebeldes a escala global y preservar el orden desigual, injusto y degradante. Estos desarrollos derraman la innovación hacia otras esferas de actividad y de ahí al mercado para incitar el consumo compulsivo de artefactos de obsolescencia anticipada, cuyo efecto más prominente es suplantar progresivamente a las personas en la convivencia, en las manifestaciones afectivas, en la laboriosidad, el ingenio, la iniciativa, la inventiva o la autonomía para actuar, haciendo a los usuarios cada vez más dependientes y adictos, borregos y complacidos apéndices de la tecnología de punta que achata la conciencia.

Aclaro que en el consumo de la tecnología y sus efectos no se trata de todo o nada, de luz y oscuridad porque lo fundamental son las formas de uso: muchos se benefician realmente de la tecnología sin ser parte del gremio de los tecnofetichistas, muchos más prolongan y disfrutan más de sus vidas gracias a las innovaciones tecnológicas; sin embargo, el problema central es la tendencia incontrastable de la generación de nueva tecnología que da primacía a los intereses de lucro sobre cualquier otra consideración; b además, el consumo de la tecnología en la versión histórica actual nos conduce al envilecimiento (consumismo, individualismo, embotamiento de facultades y habilidades) y a vivir en la artificialidad con respecto a los vínculos intersubjetivos más significativos de la EV, en virtud de que la tecnología se convierte en mediadora obligada de las interacciones, lo cual va modificando la naturaleza afectiva de tales vínculos. Tal idea de progreso, con la adulteración y el debilitamiento de lo afectivo de los vínculos intersubjetivos que lleva aparejada, propicia que las consecuencias morales de nuestros actos escapen a la conciencia, y se diluya y hasta se anule el sentido de responsabilidad moral de lo que hacemos, lo que contribuye a la insensibilización y la anestesia de las conciencias con respecto a las secuelas espirituales y morales de la desigualdad que se profundiza y niega la dignidad.

Esta insensibilidad está presente aun en los más perjudicados, por ejemplo, las movilizaciones que manifiestan su inconformidad contra del orden imperante se suscitan, casi sin excepción, por razones de mayor precariedad en las condiciones y circunstancias materiales de vida (las morales se dejan de lado por «normalizadas»), que une y organiza a los más desfavorecidos en la demanda de reivindicaciones o para resistir los abusos del poder. En otro sentido, en el ejercicio del poder la corrupción es un supuesto «inherente» de las decisiones dentro del entramado de acuerdos y trafiques entre los beneficiarios en ambientes sociales de pasividad e impunidad; además, al implementar diversas políticas se soslayan sistemáticamente sus implicaciones morales. Desde Maquiavelo entendemos que las consideraciones morales son inconvenientes e incompatibles con el ejercicio descarnado de la política, sobre todo en sociedades donde predomina la pasividad y donde los agentes gubernamentales que se dedican a administrar y gestionar los intereses dominantes de las grandes empresas que devastan el planeta, son notorios beneficiarios.

Lo anterior explica por qué la quiebra civilizatoria caracterizada por una degradación que todo lo penetra, cuyo núcleo es el envilecimiento de la convivencia y las relaciones humanas que anula la dignidad, no se percibe como tal; así, del lado de los beneficiarios de la desigualdad «el mundo es aceptable mientras mis negocios prosperen, lo demás no es de mi incumbencia». Del lado de los perjudicados y sumisos que son la mayoría: «hay que sobrevivir como sea a los malos tiempos ya vendrán otros menos malos», con la esperanza ilusoria de que ya les tocará participar del espectáculo del progreso: abundancia y diversidad de toda clase de bienes materiales y sobre todo de tecnologías que asombran y cautivan el imaginario de la gente inerme, todo esto alentado por los medios de persuasión que publicitan realidades fabricadas que nos pintan un paraíso maniqueo, simulado, aséptico y desprovisto de valores morales, al alcance de todos… los exitosos en los buenos negocios. A esta degradación subyace el individualismo, el consumismo compulsivo (real o imaginario), la anestesia moral y la pasividad cómplice y permisiva con el orden imperante, que configuran las formas de vivir predominantes de los grupos humanos en los tiempos que corren. Invito al lector a reflexionar sobre el progreso tecnológico, si es el camino del progreso humano al que aspira o de lo que se trataría es de vislumbrar, organizarse y aproximarse a formas de gestión social del uso de la tecnología que responda a los intereses de convivencia y superación de la condición humana y que, de manera retroactiva, influya en los procesos de innovación.

La educación participativa y los proyectos vitales

En la primera parte expuse con cierto detalle los atributos, propósitos y horizonte de la EPR, ahora destacaré lo directamente relacionado con el sentido de la vida y el proyecto vital. Según la EPR elaborar el conocimiento supone la reunión de tres condiciones: a) recuperar la EV como centro y eje de la reflexión del sujeto que aspira al conocimiento; b) recurrir a fuentes de información: textos teóricos, artículos científicos, ensayos, opiniones, discusiones con sentido para su EV, es decir, con significado para lo que más preocupa, interesa, da curiosidad o conmueve y c) entablar otro tipo de relación con esas fuentes: criticarlas en sus alcances y limitaciones para entender los porqués de esas vivencias intensas de la EV10. Cuando se cumplen las tres condiciones tiene lugar el aprendizaje con sentido crítico (elaboración del conocimiento) que conforme se profundiza va adquiriendo significación afectiva positiva y progresiva para los educandos al permitirles pensar y actuar con creciente autonomía, liberarse de las ataduras de la ideología dominante, aproximarse a la congruencia entre el decir y el hacer, sobreponerse a la manipulación por los medios de persuasión, entablar vínculos cada vez más entrañables y gratificantes con los afines, concienciar y asumir roles definidos, motivadores y satisfactorios en el ambiente social, concienciar las posibilidades (crecientes) de participación en el mundo que les toca vivir o frecuentar estados anímicos de serenidad y satisfacción. Dicho en forma sintética, se suscita la pasión por el objeto simbólico «conocimiento» (del sí mismo y del contexto) que, como tal, pasa a ocupar el núcleo del sentido de la vida: esto es así porque en la elaboración del conocimiento la fuerza vital de la afectividad desiderativo-valorativa, se transfiere de su epicentro, la EV, a ese objeto simbólico que reviste así gran significado.

Cuando el sentido de la vida tiene su centro en la pasión por el conocimiento (donde adquieren fisonomía y jerarquía cambiantes las demás pasiones), casi por definición las vivencias van dejando lo contingente y adquiriendo un carácter deliberado, se experimentan como una aventura guiada por un anhelo cognitivo en medio de las vicisitudes del diario vivir que, en el fuero interno, toma la forma de proyecto (vital) a manera de perspectiva de la propia experiencia en la diacronía, que orienta y articula las decisiones, acciones y emprendimientos en la consecución de ciertos logros y el cumplimiento de propósitos significativos de vida. Tal tipo de proyectos vitales que van germinando como parte de la experiencia educativa en la EPR, se hacen conscientes y explícitos, se van modificando conforme se profundiza en el conocimiento, dejan de circunscribirse a lo inmediato, perentorio, de corto plazo y circunstancial, al vislumbrar en el lejano horizonte otro mundo posible y perseguirlo.

Si en efecto se emprende la aventura de elaboración cognitiva se abren para los protagonistas posibilidades cognitivas inimaginables en la pasividad (cualquier ámbito laboral puede constituirse en espacio de elaboración, la docencia es especialmente propicia): a) entendimiento penetrante del sí mismo y del contexto; b) captar las intrincadas interrelaciones que caracterizan a los acontecimientos a todo lo largo y ancho del planeta; c) descifrar la lógica que rige el orden social de nuestro tiempo que ahonda las desigualdades y degrada todo lo existente: las relaciones de dominio-subordinación (el poder) con el sistema de dominación que lo sostiene, al servicio de los intereses de lucro sin límite; d) sustraerse a la manipulación de las conciencias operadas por los medios de «distorsión» y persuasión; e) reconocer el vigor transformador inherente a las colectividades esclarecidas y organizadas por intereses compartidos, o f) concienciar que las posibilidades de autogestión y autodeterminación de circunstancias de vida deseadas, se incrementan conforme asciende la participación y se diversifica la vinculación con otras organizaciones empeñadas en cosas análogas.

Esos logros potenciales de la elaboración del conocimiento difícilmente pueden ocurrir por fuera de proyectos vitales conjuntos y sinérgicos que les dé articulación y progresión y, lo más importante, que esos logros cognitivos den lugar a una esfera superior de conocimiento: la de las decisiones, acciones y emprendimientos; es decir, el cuándo, el qué y el cómo hacerlo en un mundo contradictorio, confuso e inhóspito. Esto significa que entender o explicar por qué somos de una manera y no de otra o de las razones de los sucesos que nos afectan, no es suficiente como fórmula efectiva para actuar con pertinencia en la consecución de nuestros propósitos y aspiraciones; la razón es que para actuar sin extravíos en un mundo turbulento y manipulador, poblado por tendencias contrapuestas, no basta entender a profundidad, requerimos indefectiblemente de sensores o pautas valorativas que permitan reconocer, distinguir y jerarquizar entre: lo digno e indigno, lo valioso y espurio, lo consecuente e inconsecuente, lo trascendente e intrascendente o lo factible e inviable, para decidir y actuar en correspondencia. De ahí deriva una obviedad, en lo fundamental decidimos y actuamos de acuerdo a la escala valorativa interna del momento –se tenga o no conciencia de ello– dando preferencia a lo considerado más valioso, digno y/o trascendente, por aquello que vale la pena emprender y correr riesgos (en el mundo actual el dinero encabeza y monopoliza la escala de valores).

Lo anterior significa que la elaboración del conocimiento, si en efecto está en progresión en el proyecto vital al dar forma y actualizar nuestras decisiones y acciones, obligadamente trasciende la propia subjetividad y se adentra en el contexto, en particular las otras subjetividades con las que se interactúa y se convive directa o indirectamente, para interrogarse ¿cómo somos?, ¿cómo convivimos?, ¿qué nos mueve a actuar?, de dónde surge la necesidad de elaborar y reelaborar otro tipo de saber, el relativo a los valores que subyacen a las formas de ser, de vivir y de actuar (no me refiero a los que se declaran, se discuten y se jerarquizan en las reuniones académicas, sino a los que están implicados en las formas de proceder de las personas). Es en este plano reflexivo donde es posible, por ejemplo, descifrar, valorar y calificar el momento actual como ruina civilizatoria justamente porque en el centro está la negación de lo que considero el valor superior de la vida: la dignidad en su connotación espiritual y moral; sin dejar de reconocer que los aspectos materiales implicados que muchos consideran su único componente, distan de estar al alcance de las mayorías que sobreviven en la precariedad material con sus extremos de desarraigo, miseria y hambre, testimonios lacerantes de la quiebra civilizatoria y que explica, en parte, la ceguera generalizada ante la degradación espiritual y moral.

La lucha por la dignidad y el proyecto vital

Insisto en que la EPS con presencia no solo en la escuela, sino en todos los resquicios sociales particularmente en la familia, es la responsable de que la EV diste de ser materia de reflexión de las personas y suela estar ausente a lo largo de la escolarización. Me resulta inaceptable como educador, que las entrañas de cada subjetividad, responsables de la forma de ser y de vivir de cada quien, no sean motivo de entendimiento y deliberación por los que deberían de ser los principales interesados y serían los grandes beneficiarios, o sea, todos los humanos. Tal circunstancia es reveladora de la enorme eficacia de los mecanismos de control social de las conciencias de los individuos, propios del sistema de dominación al servicio de los intereses de lucro, que desvía su atención y cavilación de la fuente de sus principales conflictos, preocupaciones, inquietudes o temores hacia otros asuntos que atraen y capturan su interés, en un mundo fabricado y distractor donde lo que no forma parte del espectáculo como si no existiera. Así, los propios conflictos son vividos como cuestiones del fuero interno que deben silenciarse, que obedecen a razones intrínsecas, oscuras, fortuitas o inexorables.

La lucha por la dignidad que propongo como matriz organizadora de proyectos vitales que dan continuidad a la EPR en el plano social, deliberadamente asumidos por aquellos que se afanan por un mejor mundo, donde tenga acomodo el bien vivir individual indisociable del colectivo (lo espiritual, lo intelectual y lo moral, componentes prominentes), requiere redimensionarse ante lo intrincado de los mayúsculos problemas que padecemos cuyo común denominador es, justamente, que atentan, merman o anulan de diferentes maneras y bajo formas encubiertas, la dignidad humana; pues no se trata de asuntos de otros como el individualismo y la pasividad nos han hecho creer, al insensibilizarnos ante el envilecimiento propio y ajeno, porque a todos nos afectan –no del mismo modo– y, por lo mismo, a todos atañen. Así, la lucha por la dignidad como proyecto vital debe ampliar y diversificar su significado en concordancia con una idea de progreso humano auténtico cuyo centro es la dignidad redimensionada11.

La dignidad sublimada

Tal idea de progreso que es, a la vez, aspiración y horizonte de la EPR, supone replantear la lucha por la dignidad más allá de su connotación actual que la reduce a lo material e individualista, identificando planos progresivos de revalorización efectiva, a manera de fases de este proceso cognitivo autogestionario inacabable: a) en primer término se trataría de enriquecerla con los valores implicados en la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana (enmarcados por el respeto a lo propio y lo ajeno) a contrapelo del consumismo y el individualismo emblemas de la degradación, es el plano de la dignidad profundizada y altruista (los valores son genéricos, implican lo colectivo). b) La búsqueda de tal tipo de dignidad como carácter de los proyectos vitales de quienes prosiguen la aventura de elaboración de su conocimiento los aproxima, al ejercer formas inéditas de libertad, a modos elevados de convivencia, integrando organizaciones horizontales con vínculos prominentes de cooperación, sinergia, fraternidad y solidaridad fundadas en el respeto a la diversidad, donde la participación de los actores en la defensa y promoción de los valores que los congrega, tendente a la autonomía que conduce a la autogestión colectiva de condiciones y circunstancias de vida libremente elegidas y asumidas, representa el siguiente plano, el de la dignidad liberada y autodeterminada. c) Esos proyectos vitales en conjunción, gestores de condiciones y circunstancias de vida, no serían tales sin una conciencia esclarecida de la naturaleza de la vida que, como proceso vital global, es la matriz generadora de todas las formas de vida –incluida la humana– en su permanencia y evolución12,13; esta conciencia implica una revalorización profunda de la vida en su conjunto y una extensión concomitante de los confines del ámbito de acción, esto se traduce en una necesidad apremiante de que la lucha por la dignidad se haga extensiva a otras formas de vida, como responsabilidad moral indeclinable de cuidar nuestra morada común, que es condición necesaria para preservar a la propia humanidad (el reencuentro con la madre tierra); este es el plano de la dignidad esclarecida. d) En ese derrotero ascendente, los proyectos vitales darían lugar a modos de vida comunitarios basados en formas inusitadas de interacción, tolerantes, estimulantes, desafiantes, deliberativos, colaborativos, constructivos, satisfactorios y en armonía con la madre tierra (no ausente de conflictos que son inherentes a la condición humana), dando lugar al plano superior: la dignidad sublimada (DS), que incluye los atributos de los planos precedentes al implicar los componentes cognitivos que la hacen posible llevados a su mayor nivel y destacar el valorativo en su expresión cimera como momento superior de la aventura de elaboración del conocimiento. La DS representa una especie de faro o brújula capaz de alumbrar u orientar en un mundo ensombrecido, falsificado, desorientador y convulsionado, los afanes por el progreso humano auténtico y permite apreciar su divergencia con las ideas en boga del progreso, que cohonestan políticas que perpetúan la desigualdad y profundizan la degradación.

Una aclaración, la secuencia de planos de revalorización de la dignidad aludidos, como fases de un proceso interminable, obedece a la lógica cognitiva de elaboración del conocimiento hacia su plena realización posible. En cambio, en las situaciones concretas de lucha por la DS ese orden puede cambiar porque debe responder a la lógica de lo político, entendido como espacio social de conflictos inherentes a la diversidad de intereses divergentes, contrapuestos o antagónicos que, cual fuerzas, se enfrentan en condiciones muy desiguales prevaleciendo, con la mediación de las instituciones respectivas, los intereses dominantes tantas veces aludidos. Esto supone que las tendencias subordinadas portadoras de intereses diversos, encuentran graves obstáculos para defenderlos, demandarlos o exigirlos dentro del movimiento social. En la lucha por la dignidad, las tendencias portadoras deben enfrentar esa fuerza avasallante del capital en gran desventaja, de ahí que, por ejemplo, aproximarse a la dignidad liberada y autodeterminada (que implica integrar una fuerza organizada y consistente), suela anteceder aproximaciones efectivas a la dignidad profundizada y altruista, y ser condición necesaria para avanzar hacia planos superiores de revalorización de la dignidad.

La dignidad sublimada y la educación participativa

Priorizar la lucha por la DS en su connotación de progreso humano, como núcleo y eje diacrónico de proyectos vitales de los grupos humanos, no es un propósito a lograr en el mediano o aun el largo plazo, es una propuesta anticipatoria que implica dar otra fisonomía a las acciones en el aquí y ahora, que si bien deben responder a lo apremiante que es lo que suele movilizar a los afectados (lo táctico), buscan aproximarse a un futuro promisorio que requiere ser imaginado y vislumbrado, en lo básico, desde el presente (lo estratégico); es lo inverso a lo reactivo ante las adversidades insoportables del momento actual «en espera» de que nuevos atentados a la dignidad rebasen el umbral de tolerancia. Tal propuesta bien puede juzgarse como esotérica, desorbitada, lejana y hasta ajena al mundo real; no obstante, estos tiempos testimonian las consecuencias funestas que tiene el individualismo y la pasividad encarnados en razones de vida que se limitan al interés individual y al corto plazo, que son cómplices o permisivas con la degradación galopante dentro de un amplio espectro de variantes en sus manifestaciones: en un extremo, la búsqueda de los «buenos negocios» y sus privilegios por una minoría envilecida por la codicia («el 1%») y, en el otro, la mera supervivencia del día a día, que agota la vitalidad de los desfavorecidos, marginados o excluidos, víctimas propiciatorias de la degradación exhibida como la senda del progreso. Entre ambos extremos, procurar la dignidad individual es un espejismo porque es inviable al margen de las colectividades. Es evidente que todo atentado a la dignidad más elemental de personas, grupos, comunidades o etnias es indicio, además de su vulnerabilidad a los abusos del poder en turno, de la permisividad y complicidad de los poderes que gobiernan el planeta simulando neutralidad, y de que el respeto a una dignidad reducida a lo material de otras poblaciones, regiones o culturas es más aparente que real: justicia discrecional a favor de los «obedientes, aliados o socios». Lo dicho no menosprecia esfuerzos por la dignidad individual cuando va más allá de «adaptarse al medio» o que logra desprenderse del consumismo alienante; el problema es que el individualismo es el mayor obstáculo al auténtico progreso humano porque es un impedimento mayúsculo para avanzar hacia perspectivas colectivas y comunitarias.

La lucha por la DS como horizonte posible no puede prosperar al margen de organizaciones que compartan intereses genuinos, comprometidas con la defensa de la dignidad propia y la humillada de ciertos grupos vulnerables como los pueblos originarios, los menesterosos, los discriminados, los discapacitados, la niñez, los pacientes o los alumnos14, u otras formas de vida amenazadas o en riesgo; que actúen en espacios específicos como el familiar, el escolar, el laboral, los parlamentos, los tribunales, los ecosistemas, otras latitudes o instancias internacionales. En tales organizaciones los participantes pueden luchar con cierta efectividad contra la injusticia, la desigualdad y el abuso, y contender contra la amenaza latente que pesa sobre ellos al cambiar las circunstancias: pasar a integrar sectores desfavorecidos y vulnerables o ubicarse en la mira de la represión al solidarizarse con los oprimidos y excluidos que resisten y se oponen.

Primar la lucha por la DS como núcleo de proyectos vitales en estos graves momentos de la historia, obliga a reflexionar sobre sus posibilidades en entornos impregnados de individualismo, pasividad, degradación, incertidumbre y confusión. En principio no debemos soslayar que tales ambientes, con muchas diferencias regionales y locales, tienen como reproductor y perpetuador principal a la EPS universalizada que fomenta: la aquiescencia acrítica, el sometimiento, el consumo indiscriminado y la heteronomía con respecto al conocimiento. Por contraste, la EPR que reconoce, define y promueve potencias cognitivas propias del ejercicio de la crítica, secularmente inhibidas, constreñidas o negadas por las instituciones encargadas de regular la reproducción social y cultural que perpetúan las desigualdades, es una alternativa viable y poderosa (ver primera parte) para ir revirtiendo la degradación, al encauzar a los educandos desde los inicios, por senderos socialmente inéditos que se entrecruzan por sus afinidades formando redes donde se convierten progresivamente en hacedores colectivos de su propio devenir vital y destino. La diferencia crucial con la EPS es la idea de conocimiento como elaboración propia, a partir de la reflexión crítica sobre la EV.

La lucha altruista por la dignidad constituye, en principio, un derrotero colectivo inacabable de esclarecimiento y «purificación» para los protagonistas, hacia la realización de planos progresivos de revalorización de la dignidad en carne propia, cuyo horizonte es la DS; esta experiencia implica brindar orientación valiosa a organizaciones empeñadas en cuestiones análogas (solidaridad), a fin de que se fortalezcan y encaucen en un proceso ascendente que le dé a su proceder, consistencia y altura de miras. Luchar por la DS a contrapelo del acontecer social, hacia la superación espiritual, intelectual y moral que solo puede prosperar al interior de proyectos vitales colaborativos, representa emprendimientos opuestos a la complicidad con la degradación que son el verdadero antídoto contra esta; además, la idea de DS es con seguridad una guía confiable para no extraviarse o desviarse al proseguir por el derrotero elegido, para persistir o modificar tácticas en la lucha por revertir la descomposición ante los infaltables obstáculos y un poderoso motivador de los esfuerzos perseverantes implicados.

Reivindicar la DS como valor supremo de la condición humana hacia un futuro posible y como ideal de las formas más elevadas de convivencia, capaz de inspirar desde ya proyectos vitales deliberados, altruistas, colectivos, vigorosos, visionarios y de largo aliento, empeñados en enfrentar las fuerzas que anulan o menoscaban la dignidad más elemental, es inviable sin la forja desde sus inicios, de otras subjetividades con cualidades cognitivas vigorosas y transformadoras por su fundamento afectivo y crítico, como las que suscita y promueve la EPR. Este tipo de proyectos y su prosecución representan el ideal de culminación de la aventura de elaboración del conocimiento y el desiderátum de la EPR (ver parte I).

Epílogo

Regreso al inicio: «nuestro mundo asolado por degradación omnímoda, es evidencia del agotamiento y la ruina de una civilización basada en el lucro sin límites, que ha convertido en mercancía lo más entrañable y lo más deleznable de la condición humana, y en rentable las peores atrocidades y la devastación planetaria». Este panorama desolador de extrema degradación no es percibido como tal por los perjudicados –que somos todos– por diversas razones entre las que destacan: a) el imperio del espectáculo que da certificado de existencia o inexistencia a los acontecimientos a conveniencia de los intereses dominantes y lucra con lo atroz y lo normaliza; b) la sucesión vertiginosa e ininterrumpida de catástrofes que exhibidas de manera inconexa y aséptica son de caducidad instantánea fomentando la indiferencia, el olvido y la amnesia colectiva; c) la atmósfera mercantilizada, degradada y degradante que insensibiliza a lo espiritual y moral, a lo sutil y refinado; d) la simulación como forma universal de interacción de los humanos (con numerosas excepciones) que confunde y adultera la percepción de los sucesos; e) el control de conciencias orquestado por el sistema de dominación a través de los medios de persuasión y distorsión globales que lo enmascara, oculta o niega; f) la educación pasiva de vigencia universal, que favorece desde temprana edad, de manera directa o indirecta, el individualismo, la competitividad, la discriminación, la aquiescencia acrítica, el conformismo y la pasividad ante los abusos del poder; g) la idea de progreso de base tecnológica que al diluir y adulterar los vínculos con los objetos significativos propicia que las consecuencias espirituales y morales de nuestros actos escapen a la percepción y a la conciencia y, con ello, se diluya o anule el sentido de responsabilidad moral de lo que hacemos. Lo intrigante ante tal diversidad de recursos de control de las conciencias que «invisibilizan» la quiebra civilizatoria, no es que esta ceguera alcance lo más recóndito, sino que se vaya incrementando la aparición de grupos y tendencias que la identifican, resisten, se oponen y proponen alternativas en marcado contraste con los soportes «exitosos» de la catástrofe: beneficiaros del statu quo que elevan o conservan su nivel de consumo material (alienante), quienes se desentienden de la precariedad, el sufrimiento y la desesperación de las mayorías, sin percatarse de su inmersión en tamaña degradación.

Negar el colapso civilizatorio o la convicción de impotencia e indiferencia ante el estado de cosas, es el propósito de los medios de «tergiversación y persuasión» al servicio de la dominación; por lo mismo, para quienes se han sobrepuesto al control de las conciencias profundizado en el diagnóstico del momento actual y aspiran a otro mundo posible, es vital permanecer fieles a la responsabilidad secular e ineludible con las nuevas generaciones de legarles, al menos, una visión esclarecedora de los acontecimientos que les toca vivir, de sus potencialidades transformadoras y de lo que significa el progreso humano auténtico, que les permita vislumbrar un horizonte posible donde encuentre realización la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana, e integrar fuerzas sociales empeñadas en la prosecución de un mejor destino. Desde mi óptica el despliegue en el plano social de la EPR aunque improbable, es un camino promisorio para cimentar subjetividades aptas para emprender la búsqueda sin término de otro mundo incluyente y hospitalario, para sobreponerse a la manipulación y a los espejismos en un mundo simulador, confuso, turbulento y peligroso. Tal búsqueda perseverante se hace posible porque la EPR al promover la vinculación entrañable entre afectividad y cognición, despierta y encauza poderosas potencias cognoscitivas inherentes a la condición humana, y propicia el aprendizaje con sentido crítico cuya materia prima es la reflexión sobre la EV, que da inicio a la elaboración del propio conocimiento (del sí mismo y del contexto) con el concurso imprescindible de la crítica. Este proceso animado por la afectividad, conduce al esclarecimiento de conflictos y problemáticas perturbadoras para la EV y da lugar a estrategias de mitigación o superación con efectos anímicos correlativos gratificantes, de sosiego y autoconfianza, lo que suscita sentimientos favorables hacia el conocimiento que, en su momento, derivan en una auténtica pasión como núcleo del sentido de la vida. Así, la EV se convierte en aventura cognitiva desafiante que, al progresar, va adquiriendo la fisonomía de proyecto vital deliberado, enérgico, de carácter altruista, consistente y colaborativo, que tiene como centro y eje de su trayectoria la lucha por la DS a contracorriente del flujo avasallante de acontecimientos.

En un mundo extraviado de valores y vacío de sentido, esta lucha que solo puede ser suscitada y fraguada desde la educación, tiene un poder persuasivo singular para concitar voluntades sensibilizadas por la elaboración del conocimiento, empeñadas en edificar condiciones y circunstancias propicias para formas de vida respetable, estimulante, desafiante, constructiva, diversificada, serena y fraternal, donde se afinquen sociedades inéditas: incluyentes, pluralistas, deliberativas, igualitarias, justas, fraternas, solidarias y cuidadosas del ecosistema planetario. Se trataría de aspirar a lo más elevado e integrador que podamos imaginar y concebir, en cuanto a formas de convivencia comunitarias y de armonía con el ecosistema planetario (aspiraciones de menor nivel o fragmentarias, además de que serían logros intermedios de un trayecto inacabable operarían, en su momento, como riendas para avanzar), de infundirle profundo sentido y motivación a la EV en sus esfuerzos perseverantes por aproximarse a ese ideal en compañía de seres entrañables y de interacciones generosas y gratificantes.

En mi sentir y entender, poco importa que la vigencia de la DS en las formas de ser y de vivir sea una posibilidad remota, y que el lapso vital sea claramente insuficiente para lograr aproximaciones significativas hacia ese horizonte, si nos asiste la confianza, la serenidad, la satisfacción y el temple al comprometernos por la causa suprema de la experiencia humana: la dignificación sublimada y universal de la vida en todas sus manifestaciones.

«Seamos realistas, busquemos lo imposible»

Paráfrasis de la consigna parisina de 1968.

Responsabilidades éticas

Protección de personas y animales. Los autores declaran que para esta investigación no se han realizado experimentos en seres humanos ni en animales.

Confidencialidad de los datos. Los autores declaran que en este artículo no aparecen datos de pacientes.

Derecho a la privacidad y consentimiento informado. Los autores han obtenido el consentimiento informado de los pacientes y/o sujetos referidos en el artículo. Este documento obra en poder del autor de correspondencia.

Financiación

Ninguna.


La revisión por pares es responsabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.
  1. El concepto «objeto» en lo material y simbólico, incluye el sí mismo, personas cercanas significativas, otros seres vivos entrañables, cosas diversas y situaciones revestidas de gran significación, y las contingencias de la vida diaria que rompen el decurso insensible de lo acostumbrado o de lo esperado, causando extrañeza, sobresalto, perplejidad, conmoción o temor.
  2. Los genuinos intereses de la población –difícilmente reconocibles y rescatables porque han sido silenciados y desvirtuados– que tendrían que ver con la preservación y sublimación de su dignidad, no cuentan a la hora de las innovaciones tecnológicas; el camino es inverso: las «nuevas maravillas» suscitan necesidades apremiantes de consumo alienante, suplantando a las anteriores.

Autor para correspondencia.
Unidad de Investigación en Medicina Basada en Evidencias.
Edificio de Hemato-Oncología e Investigación, 3.er piso.
Hospital Infantil de México Federico Gómez, Dr. Márquez 162, Col. Doctores, Del. Cuauhtémoc. D.F.,
Tel.: +52 28 99 17 Ext. 4106.


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